Tratar de clasificar estos dos problemas como enfermedades no ha servido, a través del tiempo, para nada, salvo perjudicar a la mayoría de las personas que las padecen y enriquecer a las farmacéuticas.

Durante años han convivido los partidarios de la medicación y los anti medicación. Ambos han tenido el mismo deseo hipocrático: reducir el sufrimiento humano. Los primeros utilizando los fármacos y los segundos intentando ayudarlos para que se recuperen de su ansiedad con la energía de sus propios recursos interiores y no con medicamentos potencialmente adictivos y que sólo buscan el lucro voraz de las compañías farmacéuticas; los fármacos pueden funcionar, en algunas personas, con efectos secundarios nefastos, con síndrome de abstinencia y problemas de dependencia. No sabemos cuáles serán los daños que pueden causar a largo plazo en nuestro cerebro.

Por el contrario estamos de acuerdo que las compañías farmacéuticas y las empresas de seguros han inflado artificialmente o distorsionado las categorías diagnósticas. El manual DSMV, recientemente aparecido, ha bajado tanto los umbrales de las enfermedades mentales que se podría preguntar si somos todos enfermos mentales.

Desde siempre ha existido un enfrentamiento entre psicología y psiquiatría con el fin de explicar y comprender esas experiencias de la vida, extemporáneas, raras, incomprensibles, aparentemente sin sentido e inmotivadas.

Se ha llegado a pensar que algunas de estas experiencias pudieran ser castigos divinos por los pecados cometidos, posesión del demonio, desequilibrio de los humores corporales y efectos de la bilis negra que asciende al cerebro y lo seca, como le ocurrió a don Quijote.

Hoy día se habla de que alguien “padece un trastorno mental”, “es un enfermo mental”, “es un bipolar”, “es un esquizofrénico”, “padece un trastorno de personalidad” e incluso los hay que dicen “en realidad, se trata de un desequilibrio de los neurotransmisores cerebrales”.

Si tuvimos un modelo humoralista, un modelo demonológico, desde el siglo XIX tenemos un modelo psicopatológico que intenta explicar que los problemas vitales es algo que anda mal dentro de la persona cuando, en realidad, son el resultado de nuestra propia conducta y nuestros propios problemas como consecuencia de las circunstancias y las cosas que nos pasan en la vida.

La solución de los problemas psicológicos no pasa por las teorías humorales, efectos de la bilis negra, tampoco de un desequilibrio de los neurotransmisores, la solución partirá por estudiar y comprender nuestras experiencias vitales y cuya restauración sólo se puede encontrar en un responsable afrontamiento de aquellos avatares, no en la quimérica reparación de una supuesta psicopatología residente del cerebro.

La ansiedad y la depresión no existían como categoría hace medio siglo. Antes de los años veinte nadie había sido diagnosticado de depresión y antes de la década de los cincuenta casi nadie había diagnosticada de ansiedad.

¿Qué ha cambiado? Las compañías farmacéuticas crearon, de hecho, esas categorías. Lo que empezó siendo un objetivo de las compañías de marketing se cosificó y se convirtió en una enfermedad. Esto no quiere decir que antes de los cincuenta no hubiera gente ansiosa ni depresiva tal como hoy la entendemos: pero no fue hasta mediados del siglo pasado, al ser inventados los nuevos fármacos para mitigar tales estados emocionales, cuando éstos fueron definidos como enfermedades en el sentido en que lo entendemos hoy..

Los primeros medicamentos para la tensión, el insomnio y para los nervios fueron los barbitúricos como el Veronal y Luminal pero no para curar la ansiedad o la depresión que no existían. Está claro que los barbitúricos, paroxetinas, ISR, fluoxetina no han ayudado a inclinar la balanza a favor de la base biológica de la ansiedad. La conexión entre serotonina y depresión y ansiedad no están nada claros hoy.

Así lo afirmó Arvid Carlson, padre de la hipótesis de la serotonina, en una conferencia, en 2002 “debemos abandonar la hipótesis simplista de que un trastorno emocional es consecuencia de un funcionamiento anormalmente alto o anormalmente bajo de un neurotransmisor determinado”.

Kennet Kendler, profesor de psiquiatría, reconoció “hemos ido en busca de explicaciones neuroquímicas simples para los trastornos psicológicos y no los hemos encontrado.

“Acallar la ansiedad con medicación, en lugar de escuchar lo que intenta decirnos tal vez no sea lo más adecuado si queremos llegar a lo mejor de nosotros mismos. La ansiedad puede ser una señal de que algo debe cambiar, de que tenemos que cambiar nuestra vida. La medicación entraña el peligro de bloquear esa señal.

En 1957 Walker Percy decía. “al centrarse sólo en lo biológico la psiquiatría se vuelve incapaz de explicar el problema del hombre moderno. La ansiedad, bajo un marco de referencia, es un síntoma del que librarse, bajo el otro, puede constituir un llamamiento a una vida más auténtica, que debe tomarse en cuenta a toda costa”.

Kierkegaard decía “que aún peor que la desesperación es estar desesperado y no darse cuenta: tener angustia pero haber construido tu vida de manera que no la sientas”.

Según estos pensamientos no sería arriesgado pensar que “si la medicación ansiolítica enmudece la ansiedad, si nos vuelve sordos a su mensaje y nos permite estar desesperados sin saberlo, ¿todo eso embota en cierto sentido nuestra alma”?

Percy nos advierte “de que suprimir con medicación la culpa, la ansiedad, la inseguridad y la melancolía equivale a suprimir el alma”.

No hay ninguna prueba biológica ni ninguna prueba por imagen que nos certifique que padecemos ansiedad o depresión, si las hubiera se podría afirmar que la psicopatología podría tener un sitio en la curación y desaparición de estas enfermedades. Por cierto no es así y puede ser, casi seguro, que lo único que consiga la medicación sea enmascarar la enfermedad y seguir siempre con este problema sin solucionar el origen vital que causaron estos problemas psicológicos producidos, sin duda, por nuestra manera de interpretar la circunstancias de nuestra vida.

Como dice Malcolm Lader (en “Las benzodiacepinas: el opio del pueblo”):

“Es mucho más barato dar tranquilizantes a la amas de casa desquiciadas que viven aisladas en bloques de apartamentos, sin ningún lugar donde jugar sus hijos, que proporcionar guarderías o demoler esos bloques y construir a escala humana. La industria farmacéutica, el gobierno, el farmacéutico, el contribuyente y el médico tienen todos intereses personales en “medicalizar las reacciones de estrés de origen social”.

Las últimas investigaciones tienden a mejorar el pronóstico de las enfermedades neuropsiquiátricas a través de los ácidos grasos.

Piensan los especialistas en farmacología clínica que aunque no hay resultados definitivos, la ingesta de ácidos grasos poliinsaturados Omega3 parecen ser una buena opción en el tratamiento coadyuvante de pacientes con depresión.

“El efecto antiinflamatorio junto al efecto de neuroplasticidad sumado a la capacidad antioxidante pueden mejorar el pronóstico de la enfermedad o incluso prevenirla”.

La sociedad americana de Psiquiatría tiene unas recomendaciones para todos los pacientes psiquiátricos. En ellas se establece la recomendación de tomar entre uno y dos gramos al día de Omega3.

(Informe en El País, en el suplemento de Medicina del mes de Febrero).

En el mismo suplemento de El País Pedro Ruiz, psiquiatra y presidente de la asociación mundial de Psiquiatría, afirma: “necesitamos mejores biomarcadores para diagnosticar y hacerla de manera precoz”.

No hay forma de que la Psiquiatría se dé cuenta de que los problemas de la vida sólo se solucionan afrontándolos directamente y no enmascararlos con la medicación que lo único que consigue es no solucionar el problema y crear otro.

Ojalá que pronto, pienso que nunca, haya pruebas bioquímicas o de imagen donde nuestros problemas psicológicos sean analizados como un análisis sanguíneo. De momento seguiremos afrontando los problemas cotidianos de una forma racional, real y poniendo en orden nuestros pensamientos que son la causa de nuestros desórdenes, ”no vemos las cosas como son. Vemos las cosas como somos” Talmud. O como decía Epicteto, siglo I “no son las cosas las que perturban a la gente, sino la visión que tienen de ellas.”.

Este es el camino correcto, pararse, pensar, comprender los problemas que tenemos y poner la solución.

Si no sabes, si te sientes desanimado o sin fuerza cuenta con mí ayuda, dímelo y buscaremos el camino perdido.