Hace unos meses, en estas mismas páginas, hablé del fracaso de la inteligencia como una de las causas de nuestros problemas vitales. Utilizando bien nuestra inteligencia nos puede conducir a vivir en el equilibrio deseado, por el contrario, comentaba, no hacer buen uso de ella nos llevará al mundo de la ansiedad, pensamientos negativos irreales, o al mundo de la depresión, la paralización, la resignación en nuestro pasado.

Hoy quiero hablaros de otro tipo de fracaso que hace, a veces, que nuestra afectividad no llegue a vivir en consonancia con nuestra inteligencia, con el consiguiente fracaso afectivo, sentimental y amoroso.

Se trata del fracaso afectivo.

En psicología, la corriente cognitiva conductual, defiende que nuestro desarrollo se basa en la triada: pensamiento, sentimiento y comportamiento.

Decía Sócrates: “dime cómo piensas y te diré quién eres” y aquí está la base de nuestra vida: en función de cómo sean nuestros pensamientos serán nuestros sentimientos y por supuesto nuestra conducta. Entre estas  partes de nuestro desarrollo ha de existir una coherencia absoluta, no se puede pensar en positivo, sentir en negativo y tener un comportamiento positivo: algo falla.

La ansiedad es otra explicación de la incoherencia en la que permanecen quienes viven en ella. Sus  pensamientos negativos irreales, para ellos reales, les llevan a unos sentimientos negativos y su comportamiento a la huída, el temor y el miedo  irreal. Si lograsen restaurar su forma de pensar, sus pensamientos negativos reales, abandonarían la temida ansiedad negativa: “la verdadera inteligencia, la que termina en conducta, es una mezcla de conocimiento y afecto”.

Dada la multiplicidad de expresiones afectivas que tenemos, las podemos organizar en tres tipos, con el fin de poderlas estudiar mejor y conocer los beneficios y problemas que nos puedan proporcionar: los sentimientos, los apegos y los impulsos. Sin esta distinción nuestra vida íntima puede sufrir graves equivocaciones de consecuencias irreparables.

El nivel sentimental nos proporciona información de cómo están funcionando nuestros deseos o proyectos en contacto con nuestra realidad.

El miedo nos comunica que las expectativas que tenemos están amenazadas y sería muy buena respuesta cambiar de miedos irreales por otros más reales que nos lleven a completar nuestras expectativas.

La tristeza nos anuncia que hemos sufrido una pérdida.

La decepción  o frustración nos indica que nuestras esperanzas no se han cumplido. La desesperación nos dice que no se van a cumplir.

Por el contrario la alegría, la satisfacción y la calma son una demostración de que nuestras ilusiones, metas y deseos se están cumpliendo.

Nada mejor podemos hacer  que llegar a esa satisfacción de que todo lo que deseamos podemos conseguirlo, siempre y cuando, nuestros deseos sean coherentes con nuestros recursos y cualidades.

Si examinamos nuestros sentimientos tendremos la prueba evidente de cómo nos va la vida: si acertamos o por el contrario no llegamos a convertir en realidad todos nuestros deseos, esperanzas y ambiciones legítimas.

El nivel de los apegos. El apego es la relación psicológica que enlaza a un sujeto  profundamente con otra persona, con determinados objetos o determinadas experiencias. Las adicciones, la dependencia, en sus distintos tipos, el amor, el odio son fenómenos de apego, aunque algunos no pueden considerarse propiamente apegos, porque no tenemos, a veces, constancia de esa relación psicológica.

Un caso curioso es cuando en una pareja hay un miembro de ella que no está contento, que se siente maltratado y que desea irse cuanto antes de la cercanía de su pareja, sucede que esta se muere y de pronto comienza a sufrir por la pérdida y la echa de menos y no ocurre otra cosa que “ha perdido el sentido de su vida que era, precisamente, sobrevivir en una situación hostil”.

El tercer nivel es el llamado grupo impulsivo.  En este grupo están los deseos, las tendencias, las necesidades. A este nivel pertenecen el hambre, la sed, el sexo, la necesidad de ser amado, la curiosidad.

Cada uno de nosotros tenemos impulsos, ahí radica que nuestro pensamiento racional los produzca, pero no todos tenemos los mismos impulsos ni mucho menos les proporcionamos la misma intensidad.

De todo esto tenemos que intentar que nuestros sentimientos vayan en la dirección correcta de nuestros pensamientos, ha de existir una coherencia máxima con el fin de evitar el fracaso.

Produzcamos pensamientos racionales que nos lleven a unos sentimientos coherentes y que el resultado de nuestra conducta nos aporte la calidad y equilibrio deseado.