No vemos las cosas como son. Vemos las cosas como somos. Talmud.

 

El perfeccionismo es una lacra que está haciendo cada día más mella en las personas. Todos aspiramos a superarnos e incluso a ser superiores a los recursos que tenemos, craso error que nos llevará a la desesperación y en algunos casos, como lo que describo en esta artículo: al suicidio.

Cada día más personas eligen acabar con su vida porque no pueden compatibilizar aquello que necesitan de los demás y lo que reciben, según ellos, no es lo que esperaban.

“No se trata de lo que uno espera de sí mismo, sino de lo que cree que piensan los demás” dice un experto.

“No tiene nada que ver con lo que la persona piensa realmente a cerca de uno, sino con lo que uno cree que ellos esperan. Lo verdaderamente problemático es que esto siempre escapa a tú control”.

Esta es la verdadera cuestión: conocer lo que lo demás  piensan de uno y como es muy difícil saberlo, este deseo se convierte en tóxico para la persona, pues se está juzgando las opiniones imaginadas de otras personas a cerca de uno mismo.

Cuando ponemos nuestras expectativas sociales al procesamiento de los demás y además “adivinamos” cuáles son sus valoraciones y, por supuesto, no coinciden con nuestros deseos, es fácil colapsarse y elegir salir de la sociedad en la que vivimos.

No podemos desear un perfeccionismo social, pues como todo perfeccionismo, nos llevará al fracaso, pues nadie puede conseguir más de lo que uno puede. Hace falta mucho equilibrio para conocer dónde está nuestro máximo nivel y no intentar superarlo porque no sólo es imposible, sino que nos puede  llevar a optar por una elección de errónea y si además  valoramos nuestros éxitos por lo que pensamos que los demás los valorarán y no sucede lo que nosotros pensamos, ocurre que nos encontramos sin sentido en la vida, se nos han caído las bases sobre las que nos asentábamos y lo más normal es terminar convirtiéndonos en personas vulnerables ante los problemas que la vida nos pueda presentar.

Una persona perfeccionista social tiene unas expectativas inusualmente altas de sí mismos. Su autoestima depende peligrosamente, con frecuencia, de ser capaz de mantener un nivel de éxito, a veces imposible.

Si como decíamos antes , colapsa,, ya tenemos el el caldo de cultivo donde nacerá una persona sin autoestima, sin aprobación social y sin recibir el apoyo que esperaba de los demás.

Este perfeccionismo social podía ser la clave para comprender por qué los varones tienden tanto a suicidarse.

Según estadísticas, durante 2013, la causa más probable de muerte para un hombre entre 20 y 49 años no era ser víctima de un asalto,  ni un accidente de tráfico, ni las drogas, ni un ataque al corazón, sino la propia decisión de no seguir viviendo.

Quizás el perfeccionismo social podría  ayudarnos a comprender por qué los varones tienden tanto a suicidarse: en el Reino Unido casi ocho de cada diez suicidios son masculinos.

¿Existe una diferencia de sexo que nos pueda explicar por qué los hombres deciden acabar con sus vidas?

Little escribe: “las mujeres obtienen provecho de dar visibilidad a sus proyectos y a los retos que afrontan en su búsqueda, mientras que un hombre prefiere reservarse esos problemas para sí mismo”.

Siempre se ha hablado de que las mujeres son más abiertas y que sus problemas, expectativas y alegrías las comunicaban con más frecuencia que los hombres y así obtenían, casi siempre, un apoyo, un impulso y una ayuda que les libraba de alejarse de la sociedad; los hombres siguen huyendo de la luz, de la comunicación, de la sociabilidad y por eso no encuentran solución a sus problemas y por tanto toman decisiones contra sí mismos más fácilmente.

No sólo las mujeres son más abiertas y comunicativas, sino que sus métodos  de acabar con sus vidas no son tan traumáticos ni seguros, ellas, es verdad, intentan suicidarse con más frecuencia que los hombres.

Si los hombres mueren más, se debe al método escogido. Los hombres eligen las armas o el ahorcamiento y las mujeres optan por utilizar las pastillas.

Cuando el ser humano elige el perfeccionismo social como estandarte de su vida y  pretende que los demás respeten lo que uno quiere  y no sucede así, está cometiendo un error tremendo.

Está bien exigirnos hacer todo en la vida lo mejor posible, sin intentar superar nuestras capacidades, porque es imposible, y sin exigir que los demás piensen lo mismo que nosotros.

Si huimos de los extremismos y no nos dejamos llevar por la aprobación de los demás y abandonamos el juzgarnos por las opiniones imaginadas de otras personas, podremos caminar sin sobresaltos y sin la necesidad de huir de los demás y, sobre todo, de nosotros mismos.