“Soy un hombre viejo y he sufrido muchas y grandes desgracias, muchas de ellas, nunca existieron”. Mark Twain.

 

Cada día está más aceptado que la vida es lo que nuestro pensamiento nos señala. Todo lo que realizamos está en función de cómo pensamos. Ya decía Sócrates ”dime cómo piensas y te diré quién eres”

Somos energía sí, pero la vida la marca nuestro pensamiento. No son las cosas externas lo que nos inquieta, ya lo decía Epicteto: “no son las cosas,  sino las opiniones sobre ellas”.

En función de cómo pensamos, sentiremos y responderemos a los estresores de la vida. No se puede echar la culpa a los demás de nuestra desgracia, pues como decía Montaigne: “a nadie le va mal durante mucho tiempo sin que él mismo tenga la culpa”.

El pensamiento no puede ser espeso porque seguro que, como la sangre, nos producirá coágulos que nos detendrán de súbito y nuestros sentimientos y conductas no nos servirán para nada. Ha de ser flexible, positivo y equilibrado para que nos guíe, nos acompañe en nuestro caminar, así podremos encontrar la paz y el equilibrio en nuestra vida.

Nadie pone en duda que la mente interactúa con las emociones, conductas y la salud física. Cuando nuestra mente va por caminos duros y pedregosos le cuesta reaccionar y decimos que estamos hartos, que no podemos más, que la vida es injusta, que no conseguimos caminar erguidos, sino que siempre estaremos tropezando o tendidos en el suelo. Con estas perspectivas nos decimos que no somos nada, se nos van hasta las ganas de vivir. Es verdad que la mente puede ser nuestra principal aliada, pero también nuestra mejor rival.

Decía Buda “que ni tus peores enemigos pueden hacerte tanto daño como tus propios pensamientos”. No necesitamos a nadie, nos bastamos y sobramos para hacemos mal.

Sin embargo nosotros somos los responsables del cambio. No es el entorno el que nos genera la ansiedad, sino la interpretación que hagamos de él. Echar la culpa a la sociedad, a los demás, a nuestros hijos o amigos de todos nuestros problemas no nos soluciona nada. Es nuestra responsabilidad, somos los dueños de nuestro destino, nadie nos lo puede cambiar.

A veces, es verdad, el entorno no nos facilita la labor, pero como el daño es un problema subjetivo, podemos reaccionar desechándolo o dejándolo que se vaya. A muchos les gustaría que sus problemas surgieran de los demás, de las circunstancias, pero la realidad es que sólo nosotros podemos cambiar la forma de interpretarlos, sólo nosotros podemos elegir esta interpretación o elección y en función de todo esto seremos felices o desgraciados.

Siempre que estamos dispuestos a cambiar nuestros pensamientos los resultados serán más objetivos y no podrán hacernos daño. No sólo crecemos psicológicamente, sino que iremos por la vida seguros de nosotros y confiados en los logros que conseguiremos.

El mundo, es verdad, no es de color de rosa; hay demasiadas espinas que nos laceran profundamente, aun así, siempre tenemos a mano el dirigir nuestros pensamientos al lugar donde sólo nosotros podemos elegir. Si no aceptamos todo aquello que no podemos cambiar, sólo nos quedará resignarnos o amargarnos la vida y amargársela a los demás, por ese camino no hay posibilidades de avanzar, de redimirnos ante nuestros fracasos, que los habrá, y aceptando nuestra fragilidad podremos, apoyados en un pensamiento fuerte y positivo, recuperar el camino que sin duda, alguna vez, pudimos perder.

Un pensamiento que vive cotidianamente ocupado en anticipar lo que puede ocurrir de forma negativa, sólo nos puede proporcionar ansiedad negativa: no hay realidad; tener pensamientos  que comienzan por: y si me muero, y si me cae una teja encima, y si contraigo una enfermedad, etc. es la forma más rápida de entrar en la ansiedad y luego, la mayoría de las veces, somos incapaces  de salir por miedo al miedo.

Aunque los demás quieran, si nosotros no queremos, nadie nos puede imponer los pensamientos, pero qué duda cabe que lo que sí podemos es elegirlos y en función de cómo sea esta elección viviremos en el filo de la navaja o nadaremos en las dulces aguas de la serenidad.

Todo es, al fin, cuestión de elegir nuestra forma de pensar y de cambiar, llegado el momento, los pensamientos  nos pueden hacer más daño que beneficio.

Esperemos que no nos pase como a Mark Twin, que tuvo muchas tragedias y desgracias y la mayoría no existieron en realidad, pero sí en su pensamiento y esto es una muestra hasta dónde puede llegar nuestra mente mal dirigida.

Y para terminar volveremos a Mark Twin donde nos complementará todo lo expuesto: ” En veinte años, estarás más decepcionado por las cosas que no hiciste.  Así que navega lejos del puerto seguro. Explora. Sueña. Descubre”.